Lope de Vega. El mayor lirico de su tiempo.

En ninguno de nuestros autores clásicos se vino a dar, como en Lope de Vega, un influjo recíproco tan perfecto y constante, entre su vida y su literatura. Puede asegurarse que todos los momentos  de su vivir – aun los más contradictorios entre sí – supo vivirlos en un estado emocional plenamente poético, de la misma manera que en todas sus creaciones poéticas vertió esencias vitales de su propia existencia humana. Sabido  es que cultivó todos los géneros literarios conocidos a la sazón, y apenas podemos  hoy señalar una de sus obras en la que una inteligente investigación no pueda descubrir reflejos de aquella desbordada vitalidad creadora que tan esencialmente viene a caracterizar la obra total de este poea, que con toda exactitud pudo calificarse como  “poeta del yo”. Entre sus obras – aun aquellas deliberadamente épicas o dramáticas- podemos rastrear elementos subjetivos, que se manifiestarán como peculiares interpretaciones suyas, en la narrativa, o encontrarán encarnación en personajes ficticios en los que el poeta ocultará su propia personalidad.

Y circunscribiéndonos a la poesía lírica específica, si por ella entendemos, en su más amplia acepción, “toda aquella que nos dice algo humanamente”, pocas obras de Lope saldrían de esa amplia área que inundó aquella su prodigiosa humanidad, porque la “lírica estaba en él mucho más intensamente ligada que en ningún otro con las inquietudes alternativas de su vida, ya que sentía la necesidad, casi física, de transformar en poesía sus más diversos sentimientos humanos.”

Eludiendo aquí la cuestión de ese difuso lirismo en la obra total de Lope – en la que tanto se podría ahondar – vamos a fijarnos solamente en aquellas obras que, con própósito deliberado de lírico subjetivismo, salieron de su pluma. Mas previamente creemos necesario fijar – aunque someramente – el ideario estético de Lope en esta materia, para en el que – como sabemos por testigos coetáneos – llegó a ser considerado casi unánimemente como el mayor poeta lírico de su siglo, además de ser aclamado como el príncipe de la dramática. A Lope de Vega cúpole la suerte de verse ensalzado por sus contemporáneos, como ningún otro mortal lo ha sido, opinión que perdura hasta nuestros dias, en que H. A. Rennert proclama que “Lope que, como dramático es inmenso, pero discutible, como lírico es insuperable”.

Colocada su figura dentro de la cronología de su época, su obra se produce en ese período literario que va desde el triunfo del Renacimiento italianizante en pleno logro, para llegar a la iniciación, y aun auge y esplendor, de la modalidad literaria, que , pretendiendo superar lo renacentista, llena la poesía de esa exuberancia formal a la que conocemos como Barroquismo, que tanto había de arraigar en España por causas esenciales y accidentales de nuestra propia idiosincrasia literaria. Lope llega a la poesía cuando la renovación garcilasista está lograda del todo; el poeta la acepta, y adopta todas las formas renacentistas, que admite como idóneas para expresar sus ideas, aquellos “conceptos” como él dice; las cree aptas y bellas, pero no admitirá que esas formas se sobrepongan a las ideas y se conviertan en lo fundamental de la creación poética, lo que constituye una subversión en la que estriba – según Lope – la estética de los “culteranistas” contra los que opondrá siempre sus razones y hasta sus burlas y sátiras más acerbas. Lope sabe que todo poema ha de tener un concepto y una forma – el fondo y la forma clásicos – pero ésta no debe ser sino expresión de aquél, según la fórmula renacentista, y que no debe ser alterada en beneficio de ésta y detrimento de la idea, como propugnan los cultistas, que basan su estética  en una sorprendente novedad de las formas, que,  con su exuberancia, eclipsan los conceptos.

Fiel a la más pura tradición poética española, acepta las innovaciones del Renacimiento, que estima aceptables, ya que enriquecen la expresión, pero siempre que la ecuación de fondo y  forma no se desequilibre en beneficio  de esta última. De lo lo italiano acepta el ornamento, la forma exterior tan sólo, como elocución de las ideas, sustantivas y claras.

De este contenido ideológico y este concepto de las formas habían de nacer dos modalidades distintas, que usará el poeta según la esencia y el propósito de sus poemas, a saber: la popular y la culta, esto es : la tradicional y la artística, según ya había observado Menéndez Pelayo, al decirnos: “En Lope hay dos hombres: el gran poeta español y popular y el poeta artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con la tradición latina e italiana. Estas dos mitades de su ser se armonizan cuando pueden, pero generalmente andan discordes, y, según ocasiones, triunfa la una o triunfa la otra.” Pero es el caso que cuando quiere lograr la realización de una poesía artistica, refinada, nos sorprende con el portento de su asimilación de las normas renacentistas, como cuando, con su poesía popular, nos maravilla con su poder de captación del más genuino espíritu de la tradición española.

Conocedor Lope de la trayectoria poética española, lector de la poesía artística de los Cancioneros del siglo XV, así como de los Romanceros  – que en su tiempo tanto proliferaron – deslinda su creación poética en dos divergentes tendencias, que no se contradicen, sino que más bien vienen a complementarse. Los temas tradicionales – legendarios unos, populares otros -, los desarrolla corrientemente en aquellas formas de tipo tradicional que afina y purifica con aquel gusto exquisito, en él innato; de una parte, como de otra, busca las formas refinadas y cultas que le ofrece la ya asimilada poesía garcilasista, ya entonces bifurcada en dos escuelas distintas – castellana y andaluza – según que empleen la fórmula contenida de la que fue maestro Fray Luis de León, en Salamanca, o la colorista que, en Sevilla había logrado establecer Herrera, príncipe de los poetas del Sur, y en la que se inicia el camino que había de conducirla, más adelante, al “culteranismo”

La doble dirección en esta poética de Lope le lleva a derramarse en dos vertientes que representan aquellas modalidades a que nos hemos referido. En Lope, pues, podemos hoy deslindar las dos formas de poeta culto, intelectual, y artista, así como las de poeta tradicional y popular que sabe vitalizar la tradición española, de igual manera que, a lo largo de toda la evolución literaria de España, podemos observar como, paralelamente, Lope, en esto, como en tantas cosas literarias, viene a ser la encarnación  de la más genuina poesía española. Por eso se ha dicho con acierto que Lope no no fue un poeta jefe de escuela, sino que fue él “toda una escuela poética completa”.

Pocos poetas, o quizá ninguno, pueden citarse entre los clásicos españoles que tengan un espiritu tan integramente poético como él, a quien con exactitud pudo llamársele Fénix de los Ingenios, y no sólo por su obra dramática, sino también por su lírica, que cultivó en todos los géneros, acometiendo temas antiguos y modernos, artisticos y tradicionales, humanos y divinos. Recogió la herencia del pasado y abrió nuevos horizontes hacia el porvenir, abarcando en general todas las poeticas modalidades de su tiempo. En él podemos avizorar tanto a un anticipado romantico como a un parnasiano y a un simbolista, hasta llegar a las más modernas escuelas de la poesía contemporánea, porque – como dice Azorín – “en Lope hay muchos poetas; todo lo que se puede hacer en poesía en Lope está…

El instinto poético de Lope le llevó a descubrir la esencia de la poesía; su instinto literario, a saberla elaborar diestramente, y esta continua búsqueda de la belleza  y elaboración artistica fundamentan precisamente el doble dominio que el poeta obtuvo de los conceptos y de las formas. El conocimiento del poeta en estas formas era completo; el empleo, magistral; con igual facilidad alcanzó virtuosismo en unas y otras formas poéticas. De todo el repertorio de formas que el Renacimiento puso en circulación, puede asegurarse que nuestro poeta las usó todas, si bien algunas con más asiduidad que otras y con desigual fortuna. Tanto en libros líricos como las páginas en prosa de sus novelas, Lope usó la canción petrarquista, la égloga, la glosa, el romance,la elegía, la epístola, y tantas otras combinaciones estróficas que el Renacimiento había instaurado.

SONETOS. Pero donde el genio poético de Lope triunfa de una manera definitiva es en la forma estrófica del soneto, que venía constituir para el poeta el cauce en que más podía resplandecer el concepto, ya que un soneto perfecto viene a ser una tersa, limpia estrofa condensada para el pensamiento que encierra,en el breve espacio de sus catorce versos, toda idea que se expone y se resuelve de  un modo rotundo y concluyente. Lope, según bastantes criticos, es el mejor sonetista de nuestro Parnaso clásico; “los sonetos más buenos y más perfectos de forma de su siglo”, reconoce Pfandl. La gran cantidad que de Lope se conservan pasa de setecientos, y se calcula que llegó a escribir cerca de tres mil, si contamos los que incluyó en sus comedias, en cada una de las cuales no solía faltar alguna muestra de estrofa tan preferida del dramaturgo que era, además, exelso lírico.                                                                                                    Esta enorme cantidad de piezas poéticas nos atestigua la facilidad pasmosa del autor, pero también nos permite dudar de la calidad de algunos de ellos; de todo hay en este inmenso acervo; desde el soneto perfecto, pulcro, modelo inimitable, hasta el forzado y, si bien nunca defectuoso, pobre de expresión o falto de contenido, cuando no hecho por abligadas circunstancias.

El mismo poeta no tiene una opinión personal de lo que debe ser el soneto, aunque si certero conocimiento de la forma y de su técnica, como tan donosamente expone en su popular “Soneto a Violante”, incluido en “La niña de plata”.

En la técnica del soneto, Lope sigue exactamente la ley de la construcción tradicional, que en España, habíase venido elaborando desde las tentativas del marqués de Santillana hasta los perfectos sonetos de Garcilaso, en que culmina el Renacimiento español.

Divide la estrofa en dos partes que vienen a ser como dos cuerpos, uno ascendente y otro descendente, relacionandolos como antecedente y consecuente, como pregunta y respuesta, aunque algunas veces es infiel a esta elaboración, llegando a retrasar el momento de la transición hasta el último verso, al que relega la conclusión, redondeando el sentido.Según Pfandl, estos sonetos suelen ser ejemplos de la poesía barroca, que emplea los diversos elementos de la composición para dar el efecto en el verso último, dando la sensación de algo que se precipita desde lo alto “como una orgullosa torre que se derrumba en polvo y ruinas. Otras son, al contrario, como un cohete que se eleva silbando para explotar en estridente chisporroteo”, nos dice el ilustre historiador alemán.

La variedad de sonetos es inmensa, entre los incluidos en las comedias – en las que son preceptivos-, así como en los repertorios que el poeta recopiló en sus libros liricos: Rimas-1602, Rimas sacras-1614. Triunfos divinos-1625, Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos- 1634, y aún en otras colecciones de poesías, en las que no faltan algunos tampoco, así como entre la prosa de sus novelas de cualquier género de los que cultivara, y sonetos suelen ser también los que, como preliminares, abren libros ajenos.

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